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¿A dónde vas tan apurado?


Abre la cartera. Cierra la cartera. Abre un bolsillito de afuera y saca dos monedas. Vuelve a meter las monedas. Se saca y se pone los anteojos. Frunce el ceño como ensayando la cara que le pondrá al jefe cuando la descubra llegando tarde. Está inquieta. Se acurruca sobre su propia falda como si tuviera un cólico intestinal, pero lo hace de los nervios, de inquieta nomás. Saca el diario de abajo de su culo y lo dobla en cuatro, se lo mete en la cartera. Se saca los anteojos, los mete en la cartera. No ve nada, se achina. Pasan unos segundos más y se da cuenta que con los anteojos ve mejor, se los pone de nuevo, se relaja.

Mientras tanto la que está sentada al lado, más tranquila, parece que tiene la vida un poco más resuelta que nosotros. Escucha en sus auriculares algo que además tararea. Mira para todos lados con cierta frescura, como si no le importara nada. Su cara es redonda, aunque sus pelos rectos le caen por los bordes de los cachetes como hojas A4, no sé, parece una carpa. Algo adentro mío describe lo que ellas van haciendo. No se puede vivir siempre conectado a la nada, a veces hay que apagar el celular.

Por suerte y gracias a Dios que tengo un hermano que me dice y me pregunta a dónde creo que voy tan apurado, a dónde quiero llegar tan apurado. Yo me sonrío y me emociono, porque comiendo pizza en un mediodía del microcentro lluvioso, Dios me habla y me dice también a dónde creo que voy tan apurado. “A ningún lugar, si no voy a ti Señor” le digo.

Mejor es ir paseando

Me dijo un amigo: “Lo mejor es ir paseando, como si te hubieses fumado un porro. Aunque en la oficina te espere una lista interminable de asuntos pendientes, cuando vas a hacer un mandado lo mejor es ir paseando”. Yo cambio el porro por unas agarrapiñadas (como les decía cuando era chico), que salen practicante lo mismo y no me joden la memoria de corto plazo, ni la concentración, ni la sinapsis, ni el carácter, ni la personalidad, ni crean dependencia, ni me tengo que cuidar de que la policía no me vea (entre otros beneficios), y me voy paseando a pagar el gas.

(Des)hecho en Buenos Aires

Un día los vendedores de revistas de Buenos Aires se van a cansar de vender nada (algunos ya se cansaron hace rato), y en vez de (intentar) meterte las revistas por la fuerza, van a tomar la redacción, echarán a los actuales periodistas, diagramadores, diseñadores y otros trabajadores del lugar, y se van a hacer cargo de todo. Entonces aparecerán notas sobre cómo es vivir en la calle, escritas por gente que vive en la calle; qué tal es la empresa de (tratar de) vender las revistas a ortibas que a penas te la agarran con asco; cómo es patear todo el día en la rua, con unas zapatillas que ni suela tienen, escritas por gente que camina todo el día con zapas que ni suela tienen. Un día. 

Eso de la buena voluntad de las partes

Mirá que le pongo onda, pero el pibe la embarra.

- ¿A quién van a ver? – interrumpe.
- A Hillsong United.
- Ah… ¿Qué cantan? – dice con cara de “no me suenan”. “No, no te van a sonar” tengo ganas de decirle, pero me contengo.
- ¿Querés que te cante una canción?… es una banda que le canta cosas a Dios…
- Ah… -dice con voz de teletubbie, como rumiando pasto- ¿Qué? ¿no cantan cosas sobre drogas?

Diálogo

- Guarda que te lavan la cabeza.
- ¿Cómo?
- Sí. Te lavan la cabeza. Si te metes en una secta, por ejemplo, te lavan el cerebro.
- ¿Como es eso?
- Claro. Te meten ideas raras en la cabeza.
- Pero siempre y cuando yo los deje.
- No, no. Vos no te das cuenta.
- ¿En contra de mi voluntad?
- Si, si. No te das cuenta.
- Guauuu… o sea ¿me meto y cuando salgo tengo lavado el cerebro?
- Así es.

Concentradísimo

Creí que el policía escribía sus ideas, más aun, pensé que se trataba de un poema . El hombre escribía concentradísimo en su libretita. Me alegró la mañana ver al policía en lo que yo creía un proceso de creación poética (muy particular, por cierto). Dos segundos después caí en la cuenta de que el uniformado no más cumplía sus funciones: estaba haciendo una multa, concentradísimo.

Muchos, muchos gases

Ahí en donde todas las tribus urbanas habidas y por haber convergen hasta que se confunden unas con otras y se disuelven en sus diferencias, estaban ellos jugando a la patineta. Ahí mismo, uno de esos voló en el aire y dio contra la vereda, cayó desplomado como una bolsa de arena. Quedó arruinado en el suelo, gimiendo algo. Y ahí, uno muy sabiondo que había observado toda la escena, le explica a su amigo: “Gases del oficio chabón”.

Crónicas subterráneas

Estación Florida
Ahí llega Nelson con su hermanita en brazos. Ella todavía usa pañales. Él tendrá 16, no más. A la niña la sienta en un lugar vacío. Ella, vestidita de rosa, se queda inquieta, observando. Él se presenta y arranca con su performance de malos malabares con tres pelotitas tristes. Pero interrumpe: la hermanita está sacando los bracitos por la ventanilla del subte. La manotea de la cintura y la obliga a quedarse parada a su lado; ella, media mareada, queda inestable rascándose la cabeza. Nelson termina y se pasea diligente con una mano abierta delante de su público casual. Le doy dos pesos. Me pregunto: ¿Qué hace Nelson con dos pesos? ¿Qué le resuelvo con dos pesos? ¿Le sirven? ¿Qué se compra? ¿Qué necesita? ¿Le estoy dando una mano con dos pesos? Dos pesos que se van como llegaron ¿Son ayuda?.

Estación C. Pellegrini  
Sube un flaquito escuálido, con una guitarra criolla en manos. Se afirma sobre sus pies, y arranca: “Yo era un hombre bueno, si hay alguien bueno en éste lugar” hasta ahí, normal. Sigue: “Sin embargo, estoy tirado, y nadie se acuerda de mí…” está hablando de si mismo; “paso a través de la gente como el fantasma de Canterville” se le nota en la cara. “Me han ofendido mucho y nadie dio una explicación... Ay! si pudiera matarlos, lo haría sin ningún temor… y jamás volveré a fijarme en la cara de los demás, esa careta idiota que tira y tira para atrás”. Ni una duda me quedó: cantaba la canción en el lugar indicado. Y como sabiéndolo, puso énfasis en su último verso: “pero es mejor ser muerto que un número que viene y va (¡en el subte!, le faltó decir)”.

Estación Callao  
El que más me sorprendió fue el saxofonista. El tipo tocó La cumparsita. Terminó y se paseó, como todos, delante de su público. Tal vez no sabía que inmediatamente antes habían pasado dos, no dos como él, pero sí dos que demandaron lo mismo que demandaba él: atención y monedas. Y si hay algo escandalosamente agotable en el ser humano, es su buen humor frente a este tipo de demandas. Así que después de cruzar casi todo el vagón sin recibir ni cinco centavos, barajando unas monedas en la mano, mimetizado con su público, dijo sincero: "loco, nadie tiene una de estas mierdas??!!", y se abrió paso lo más campante rumbo al siguiente escenario.

Estación Pueyrredón  
Seguimos. En la estación intermedia, el ciego que no tiene trabajo. En la otra, el ex combatiente de Malvinas, que se parece demasiado al muchacho que tuvo un accidente con una chapa que le cortó el tendón del brazo derecho y los jefes de la obra no lo indemnizaron y ahora tiene un hijo y tampoco tiene trabajo. Me bajo. Creo conocer al que me mira por la ventana mientras el tren avanza, se parece al que ayer habló de su sida (y de todos los sidas).
Quedarán todavía seis o siete estaciones para llegar a la estación terminal, el mismo número de parecidos que están aguardando su turno para suplicar ayuda.

Próxima estación ¿ESPERANZA?

Un toque

“Bichi, aguantá un toque…ahí está…¿en qué estábamos?” dijo, y esperó respuesta del otro lado del aparato celular. “Mirá, yo no quiero cargarme con más cosas boludo, tengo un toque de miedo de no tener tiempo…estoy como un toque estresada” largó, buscando compasión. ”Ay! esperá que te llamo cuando llego boludo, porque estoy un toque que me falta el aire” cerró el diálogo. Y en un toque, cuando se bajó del subte, cumplió con el llamado.

Intuiciones

Sentí que oía un llamado: “A comer!” decían, y preguntaban: “¿ya pusieron la mesa?”. Pero no alcancé a distinguir de dónde y cómo venía la voz. No sé si fue el libro de Galeano que me prestó Nicolás -el hermano de la revoluciones y el rebenque-, o si fueron los músicos del subte que cantaban algo sobre las sobremesas desprolijas y llenas de placer.