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La vida cristiana comienza cuando percibimos cuán verdaderamente alternativo es Jesucristo

“La tradición profética es perfectamente consciente de que ofrece una verdadera alternativa a una teología de la esclavitud de Dios y a una sociología de la esclavitud del hombre. Esta verdadera alternativa, que nos ha sido confiada a quienes soportamos la mencionada vocación, no hunde sus raíces en una teoría social ni en una justificada indignación ni en un puro altruismo, sino en la misma y verdadera alternativa que es el propio Yahvé [...]. La profecía arranca del hecho mismo de percibir cuán verdaderamente alternativo es Yahvé”.

Walter Brueggemann, La imaginación profética, Editorial SAL TERRAE, Santander.

No puede haber historia en el imperio

"[...] la crítica profética consiste en movilizar al pueblo para que tome conciencia de su auténtica e incesante aflicción y enseñarle a apartarse de quienes, aun oyendo sus quejas, son incapaces de escucharlas y sólo reaccionan con la indiferencia. Indudablemente, la historia consiste, ante todo, en hablar y ser respondido, en gritar y ser escuchado. Y si es así, quiere decir no que no puede haber historia en el imperio, porque en él los gritos nunca son escuchados ni las palabras son respondidas. Y si el cometido de la profecía consiste en capacitar al pueblo para que se comprometa en la historia, entonces significa evocar gritos que esperan respuesta, aprender a dirigirlos adonde habrán de ser tomados en serio, y dejar de acudir al insensible y embotado imperio, que nunca tuvo verdadera intención de responder". 

Walter Brueggemann, La imaginación profética, Editorial SAL TERRAE, Santander.

Teología que no dialoga va derecho al pisadero

“¿Qué pasa cuando la Palabra y la teología empiezan a correr solas, sin dialogar con la práctica de la vida cotidiana de las personas? Nuestra teología corre el riesgo de convertirse en un mero ejercicio académico que hace de la Palabra hecha carne meras palabras desencarnadas. La Palabra viva se torna repetición de un mensaje simplista, incompleto, inmutable […]. No se contextualiza y pierde así pertinencia para la realidad en que vivimos; no tiene nada que decir a lo que nos sucede en el trabajo, la universidad, la fábrica, el barrio, la familia”.

Elisa Padilla, La iglesia como agente de transformación integral ¿Es posible?, Revista Kairos, Año 9 - Nº 24.

Una invitación personal que demanda una responsabilidad individual

“La invitación a recibir las bendiciones del Reino es ofrecida a los que lo aceptan sobre una base individual. Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde corazón; y hallareis descanso para vuestras almas”.

En la dispensación del Antiguo Testamento, Dios había tratado con Israel primordialmente como familia y como nación y le había dado a su pueblo bendiciones terrenales y religiosas […] (Gn. 17,22-27).

[…] Jesús se dirigió por sí mismo a los individuos; y los términos de la nueva relación eran exclusivamente los de decisión personal y de fe. Este hecho está elocuentemente declarado en el ministerio preparatorio de Juan el Bautista que les dijo a los judíos que descender de Abraham no bastaba para que estuvieran en condiciones de participar de las bendiciones del reino venidero (Mt. 3.7-10). Las bendiciones espirituales de la nueva era habían de ser concedidas sobre una base individual y no sobre una base familiar. Aun los que se consideraban a sí mismos hijos del viejo pacto tenían que experimentar un arrepentimiento personal […].

Nuestro Señor también estableció en forma clara las condiciones personales de la nueva relación cuando dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt. 10.34-36). La familia como unidad no seguirá siendo la base de la relación entre Dios y el hombre; la fe personal, que a menudo dividiría a los familiares y hasta rompería los vínculos de carne y sangre, es la base fundamental de la relación entre el hombre y el reino de Dios”.

George Eldon Ladd, El Evangelio del Reino, Editorial Vida (pp. 145, 146).