Una invitación personal que demanda una responsabilidad individual

“La invitación a recibir las bendiciones del Reino es ofrecida a los que lo aceptan sobre una base individual. Jesús dijo: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cansados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí que soy manso y humilde corazón; y hallareis descanso para vuestras almas”.

En la dispensación del Antiguo Testamento, Dios había tratado con Israel primordialmente como familia y como nación y le había dado a su pueblo bendiciones terrenales y religiosas […] (Gn. 17,22-27).

[…] Jesús se dirigió por sí mismo a los individuos; y los términos de la nueva relación eran exclusivamente los de decisión personal y de fe. Este hecho está elocuentemente declarado en el ministerio preparatorio de Juan el Bautista que les dijo a los judíos que descender de Abraham no bastaba para que estuvieran en condiciones de participar de las bendiciones del reino venidero (Mt. 3.7-10). Las bendiciones espirituales de la nueva era habían de ser concedidas sobre una base individual y no sobre una base familiar. Aun los que se consideraban a sí mismos hijos del viejo pacto tenían que experimentar un arrepentimiento personal […].

Nuestro Señor también estableció en forma clara las condiciones personales de la nueva relación cuando dijo: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt. 10.34-36). La familia como unidad no seguirá siendo la base de la relación entre Dios y el hombre; la fe personal, que a menudo dividiría a los familiares y hasta rompería los vínculos de carne y sangre, es la base fundamental de la relación entre el hombre y el reino de Dios”.

George Eldon Ladd, El Evangelio del Reino, Editorial Vida (pp. 145, 146). 

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