Crónicas subterráneas

Estación Florida
Ahí llega Nelson con su hermanita en brazos. Ella todavía usa pañales. Él tendrá 16, no más. A la niña la sienta en un lugar vacío. Ella, vestidita de rosa, se queda inquieta, observando. Él se presenta y arranca con su performance de malos malabares con tres pelotitas tristes. Pero interrumpe: la hermanita está sacando los bracitos por la ventanilla del subte. La manotea de la cintura y la obliga a quedarse parada a su lado; ella, media mareada, queda inestable rascándose la cabeza. Nelson termina y se pasea diligente con una mano abierta delante de su público casual. Le doy dos pesos. Me pregunto: ¿Qué hace Nelson con dos pesos? ¿Qué le resuelvo con dos pesos? ¿Le sirven? ¿Qué se compra? ¿Qué necesita? ¿Le estoy dando una mano con dos pesos? Dos pesos que se van como llegaron ¿Son ayuda?.

Estación C. Pellegrini  
Sube un flaquito escuálido, con una guitarra criolla en manos. Se afirma sobre sus pies, y arranca: “Yo era un hombre bueno, si hay alguien bueno en éste lugar” hasta ahí, normal. Sigue: “Sin embargo, estoy tirado, y nadie se acuerda de mí…” está hablando de si mismo; “paso a través de la gente como el fantasma de Canterville” se le nota en la cara. “Me han ofendido mucho y nadie dio una explicación... Ay! si pudiera matarlos, lo haría sin ningún temor… y jamás volveré a fijarme en la cara de los demás, esa careta idiota que tira y tira para atrás”. Ni una duda me quedó: cantaba la canción en el lugar indicado. Y como sabiéndolo, puso énfasis en su último verso: “pero es mejor ser muerto que un número que viene y va (¡en el subte!, le faltó decir)”.

Estación Callao  
El que más me sorprendió fue el saxofonista. El tipo tocó La cumparsita. Terminó y se paseó, como todos, delante de su público. Tal vez no sabía que inmediatamente antes habían pasado dos, no dos como él, pero sí dos que demandaron lo mismo que demandaba él: atención y monedas. Y si hay algo escandalosamente agotable en el ser humano, es su buen humor frente a este tipo de demandas. Así que después de cruzar casi todo el vagón sin recibir ni cinco centavos, barajando unas monedas en la mano, mimetizado con su público, dijo sincero: "loco, nadie tiene una de estas mierdas??!!", y se abrió paso lo más campante rumbo al siguiente escenario.

Estación Pueyrredón  
Seguimos. En la estación intermedia, el ciego que no tiene trabajo. En la otra, el ex combatiente de Malvinas, que se parece demasiado al muchacho que tuvo un accidente con una chapa que le cortó el tendón del brazo derecho y los jefes de la obra no lo indemnizaron y ahora tiene un hijo y tampoco tiene trabajo. Me bajo. Creo conocer al que me mira por la ventana mientras el tren avanza, se parece al que ayer habló de su sida (y de todos los sidas).
Quedarán todavía seis o siete estaciones para llegar a la estación terminal, el mismo número de parecidos que están aguardando su turno para suplicar ayuda.

Próxima estación ¿ESPERANZA?

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